Los
ejemplos más representativos de los dilemas morales que aparecen en la
antigüedad los encontramos en el género
de la tragedia griega, particularmente en Esquilo con su trilogía la Orestíada,
y en Sófocles con su Antígona.
En la
primera tragedia de la Orestíada, Agamenón rey de Argos, para calmar la ira de
la diosa Artemisa y de los vientos que le son contrarios para el logro inicial
de su campaña militar contra Troya, ha de sacrificar la vida de su hija
Ifigenia. Agamenón se encuentra ante la situación de tener que decidir entre
asegurar el éxito de su campaña militar y salvar la vida de su hija. Agamenón
no sabe qué partido tomar y grita con desesperado lamento a los dioses,
momentos antes del sacrificio, su incertidumbre:
"Pesado y duro es no acatar..., pesado y duro que a
la que es de mi hogar rico tesoro, a mi hija, yo mismo ante el altar la inmole
maculando mis manos paternas con los chorros de su sangre virginal... A qué
extremo resolverme que no sea un infortunio? He de ser desertor? Dejaré a mis
aliados? Si el sacrificio de esta
doncella ha de aplacar los vientos ávidos y ardientes en su anhelo..., bien
puede ser!”
(Esquilo, Agamenón)
Agamenón
decide sacrificar a su hija y con ello gana el odio de su esposa Clitemnestra
quien en su ausencia, llevada por su búsqueda de justicia y de venganza,
traiciona a su esposo con Egisto, hace de su hija Electra una esclava doméstica
y envía al destierro a su hijo Orestes. Cuando su esposo regresa de Troya
victorioso, le tiende una trampa ofreciéndole un majestuoso recibimiento para
luego asesinarlo en el baño de su propio palacio real.
En
la segunda tragedia, Las Coéforas, frente a la tumba de Agamenón, Electra luego
de reconocer a su hermano Orestes, lo anima para que vengue la muerte del padre
asesinado. Orestes apoyado en sus propias ansias, en el oráculo de Apolo
délfico, y en la concepción de que toda muerte reclama a su vez otra muerte,
emprende el camino de regreso al palacio real para cumplir con su propósito de
venganza. Orestes primero da muerte al amante, Egisto, y cuando se enfrenta a
Clitemnestra, la duda lo invade y se pregunta a sí mismo si ha de matar a la
propia madre. De no hacerlo, todo el peso de la furia de Apolo recaería sobre
él, y de hacerlo, los espíritus vengadores de su madre, las Erinias, le
perseguirían para atormentarlo:
"Clitemnestra:-Vas
a matar, entonces, a tu madre?
Orestes: Tú misma te asesinas, no te asesino
yo...!
Clitemnestra:
Ah, cuidado...! Hay rabiosas perras que venguen mi muerte!
Orestes:-...
Y si vacilo en la venganza, dónde me podré yo ocultar a las de mi padre?"
(Esquilo,
Las Coéforas)
Orestes
decide consumar la venganza, hace acopio de sus fuerzas, escucha a su amigo
Pílades quien lo exhorta a continuar, y comete el acto de matricidio. Por esta
decisión, Orestes se ha convertido en un hombre obediente al mandato divino, en
un hijo atento a vengar la muerte de su padre, pero irremediablemente, también,
se ha convertido en el criminal que ha asesinado a su propia madre. Esta
insoportable doble condición hace que Orestes busque a un tercero que juzgue si
al vengar la muerte de su padre ha obrado bien o mal. En la tercera tragedia,
Las Euménides, Apolo envía a Orestes, bajo la protección de Hermes, hasta la
fortaleza de Palas Atenea para que sea ella quien juzgue el caso. La diosa proclama
entonces que instaurará un tribunal de justicia que llevará por nombre Areópago
para que en él se juzguen los crímenes de sangre:
"Grave
asunto en verdad: no para que lo resuelvan los mortales. Pero tampoco me toca a
mí pronunciar fallos sobre un crimen ejecutado por las iras vengadoras... Para
resolver este arduo asunto voy a escoger jueces que juzguen sobre los crímenes
de sangre, atados por la santidad del juramento, y este tribunal quedará
instituido para siempre. Llamad testigos, llamad asesores que puedan fundar la
norma del derecho. Yo regresaré entonces. Habré elegido los mejores de la
ciudad para que juzguen con absoluta conciencia, sin quebrantar la santidad del
juramento, sin herir la justicia".
(Esquilo,
Las Euménides)
En
el juicio, las Erinias han hallado culpable de matricidio a Orestes, mientras
que Atenea tras escuchar la defensa de Apolo, no lo encuentra culpable. El
resultado de este empate es la absolución de Orestes, pero también el
establecimiento de un nuevo culto en la ciudad de Atenas en honor a las
Erinias, transformadas ahora en divinidades benefactoras, como Euménides.
La
lectura que hasta el momento hemos hecho de la Orestíada no sólo evidencia que
sus personajes han estado expuestos a
situaciones en las que han tenido
que tomar decisiones, sino que en
sus decisiones han tenido que optar por uno de "dos caminos que parecen
igualmente intransitables". Esto último es una condición trágica en la
toma de decisión: tener que optar por uno de dos cursos de acción que parecen
intransitables e irreconciliables entre sí. Hoy, aunque no nos enfrentemos a dioses que podrían parecer a veces como crueles, sí nos
enfrentamos a otro tipo de situaciones en las que este carácter de lo trágico
se conserva. La diferencia radica en que en el mundo antiguo los griegos
pensaban y confiaban en que su contexto era gobernado por fuerzas externas, y
que el peso de las decisiones humanas recaía finalmente sobre los hombros
divinos. Hoy, el contexto es entendido como un logro de las fuerzas humanas y
la responsabilidad de las acciones recae finalmente sobre los hombros del
sujeto que decide.
En la literatura contemporánea, el género de la novela
describe situaciones que también podríamos llamar trágicas. Un ejemplo muy
representativo aparece en la novela La Decisión de Sophie (Sophie´s Choice) de William Styron. Sophie es una
mujer joven, madre de un niño de diez años y una niña de siete, que se
encuentra en un campo de concentración nazi y es obligada a tomar una decisión:
"-Así que crees en Cristo el Redentor? -preguntó el
doctor con una voz espesa y extrañamente abstracta, como la de un profesor que
examinara el delicado matiz de cierta faceta de una proposición de lógica.
Entonces añadió algo que, por un momento, fue totalmente desconcertante:
-No dijo Él: "Dejad que los niños se acerquen a
mí?" -Y se puso de cara a ella, moviéndose con la crispada meticulosidad
de un borracho.
-Pues puedes quedarte con una de las criaturas.
-Cómo? -dijo Sophie.
-Que puedes quedarte con una de las criaturas -repitió.
La otra tendrá que irse [morir]. Con cuál te quedas?
-Quiere decir que tengo que escoger?
-Tú eres polaca y no judía. Eso te da un
privilegio, una opción.
Las facultades pensantes de Sophie
disminuyeron, cesaron. Entonces tuvo la sensación de que las piernas no la
aguantaban". (Styron, 1980)
Sophie
alegaba en el campo de concentración ser una mujer cristiana. Esta declaración
molestó al médico nazi encargado de enviar aleatoriamente a unas personas a la
derecha y otras a la izquierda de una fila, que conducía a unos a trabajos
forzosos y a otros a la cámara de gas. A Sophie no le pidieron los dioses
sacrificar a una de sus criaturas, como le ocurrió a Agamenón con su hija
Ifigenia y a Abraham con su hijo Isaac, tal como aparece registrado, este
último, en el Antiguo Testamento. Sophie fue impelida a tomar una decisión por
parte de un hombre con el pretendido poder que le daba el pertenecer a una raza
distinta y superior a todas las demás. Sophie no contaba, contrariamente a lo
que ocurrió en el desenlace de los casos anteriores, ni con la gloria de una
batalla, ni con un "carnero enredado por los cuernos en un matorral"
(Génesis, 22:13). Sophie tenía que decidir y cualquiera fuera su decisión,
estaba irremediablemente perdiendo a una de sus criaturas. Hasta el momento
sólo hemos señalado, apelando a la literatura universal, situaciones que
ilustran la complejidad de los dilemas morales, o de la toma de decisiones en
estos.
Selecciona uno de estos casos o cualquier otro que prefieras, en la Biblia puedes encontrar en de Abraham que decidió sacrificar a su hijo Isaac, o también puedes escoger un caso sobre eutanasia, aborto terapéutico, entre otros y desarrollar un ensayo sobre el caso seleccionado.